Archive for the 'Fantasía' Category

El despertar de un elfo

El siguiente relato lo escribí hace unos años, 3 creo, cuando era asiduo participante de El Fenomeno. Sigo inscrito en dicho sitio, pero ya casi no entro… El relato consta de 12 capítulos, que iré colocando poco a poco aquí. ¡Que lo disfruten!

Me voy ahora a mi largo descanso en las estancias intemporales mas allá de los mares y de las montañas de Aman. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ser visto entre los noldor otra vez; y puede ser que no nos volvamos a encontrar tú y yo de nuevo, en muerte o en vida, pues los destinos de nuestras razas están separados. ¡Adiós!

Capítulo 1. Las estancias
Un dolor inmenso lo abarcó, un dolor que no podía compararse con nada que hubiera sentido antes… y de pronto, todo cesó.
En principio él estaba rodeado de oscuridad, o eso creía, y pasó un largo tiempo, bastante tiempo: ¿días?, ¿semanas? lo que a él le pareció que transcurrió hasta que sus ojos, o lo que el tenía ahora por ojos, se acostumbraron a la oscuridad. Bastante debió de haber sido esta para que la vista de un elfo, que veía más lejos y con más precisión que cualquier otro ser, del pueblo que se había despertado con la luz de las estrellas, tardara tanto en acostumbrarse a ver. O tal vez era que durante todo ese tiempo (lo que a él se le hizo un tiempo muy largo) sus ojos (lo que ahora entendía que serían sus ojos) los había mantenido cerrados (si es que eso es posible para un ser que, luego de morir, abandona el cuerpo y todas sus partes con el: cabello, manos, piernas, torso, ojos y boca también, para ser únicamente alma: el habitante intemporal de la casa temporal).
Conforme pudo ver mejor, observó todo a su alrededor. Se encontraba en un lugar bastante extraño, como nunca había conocido un lugar así. La oscuridad parecía ser el elemento predominante. No una oscuridad vacía, de terror como la que recordaba había caído sobre la hermosa ciudad mientras todos festejaban… detuvo sus pensamientos, no quería recordar eso: aquello había sido sólo el comienzo de La Caída, la caída de su pueblo, su propia caída. Sin embargo, la oscuridad que lo rodeaba ahora parecía conformar los muros del lugar donde estaba, y aún así podía ver; se percataba ahora de alguna luz que debía existir proveniente de algún lugar. La luz no era mucha; aunque no estuvo ahí, su abuelo le había hablado del despertar de su gente, de cómo sus ojos se abrieron con la tenue luz de las estrellas. Ese mismo tipo de luz existía ahora en este lugar, pero sin estrellas.
No tardó en percatarse y saber que el lugar en el que estaba era el único en el que en realidad podía, y debía estar. – Estoy muerto – se dijo. La realidad de estas palabras se le clavaron como una espina, que en principio duele pero después el dolor cede y solo queda la plena realidad. Sin embargo aún sentía otro dolor, proveniente de su vida: no hizo lo que había prometido hacer, había fracasado.
Esta otra realidad lo abarcó tanto que sin darse cuenta empezó a caminar por el lugar. Hacia dónde no lo sabía, no había forma de orientarse en aquel lugar, pero caminó como si supiera qué dirección tomar, pero no sabía hacia dónde ni con qué propósito.
Pasó largo tiempo caminando, aún con la profunda tristeza del recuerdo de su fracaso, hasta que poco a poco sus pensamientos se dirigieron a lo que observaba a su alrededor. Además de oscuridad, podía percibir otras formas en el lugar en el que se encontraba. Recordando su hogar mientras vivía: unas hermosas cuevas y grutas hechas por él mismo y por su pueblo, y por sus amigos que le dieron el nombre que tanto le gustaba: ‘Amo de las cavernas’ quería decir, aunque los de su raza lo traducían mal: ‘el de espíritu justo y leal’ decían… vaya lealtad mostrada al fracasar. Sin embargo en aquella casa, en esas cavernas aún siendo amplias, podía sentirse lo limitado del espacio; ahora que lo recordaba lo sentía como si hubiera sido limitado, porque aquí el espacio se sentía como una larga y gran llanura, aún cuando veía muros de oscuridad rodeando el lugar, aún cuando el espacio parecía…
– ¡Ya no! – sus pensamientos fueron interrumpidos por el grito de alguien, delante de donde estaba y fuera de alguna luz que lo dejara ver. Con cautela se acercó y mientras lo hacía le parecía claro que oía a una persona… no, a dos personas discutiendo. Una gritaba como enfadada, con ira y resentimiento. La otra, aunque hablaba un poco fuerte, lo hacía con un tono que se le antojó era de súplica, o de condescendencia extrema.
– ¡No quiero hablar contigo entiendes!
– Pero… hijo… óyeme… veme… ¿no quieres estar con tu madre?
– Entiende, ¡quiero estar a solas!
– Por… ¿por cuánto tiempo?
– No se, vete… hasta… hasta que pase mucho tiempo.
– ¿No entiendes que tu amargura es en vano? Aún me tienes a mí…
– No tengo nada que valga la pena tener. Ni tú ni mi padre me darán consuelo otra vez. No si no tengo su luz otra vez.
– ¡Otra vez pensando en eso! Acéptalo: las perdiste.
– ¡Vete! ¡Vete lejos de aquí!
– Pero…
Con curiosidad, el elfo se fue acercando para ver de quiénes se trataba que discutían. Tal vez un bueno consejo, o una palabra de consuelo podría ayudar a estos desconocidos personajes a que se reconciliaran. Por lo que escuchó uno era hijo de la otra, y aquel parecía amargado, horriblemente torturado por la pérdida de algo que había apreciado, mucho más que la compañía de su madre por lo que escuchó. Algo en su voz le recordaba a alguien, pero no lograba saber con certeza a qui… – ¡Ahhh – gritó el elfo. Una mano le había tocado el hombro; esta vez la interrupción lo sacó de sus pensamientos con tal violencia que el espanto lo hizo lanzar un grito.
Solo pudo alcanzar a oír a los desconocidos alejarse, mientras el hijo decía:
– Me voy, ahí está otra vez el orgulloso, el que me maldijo a mí y a mi familia. Espiándome seguramente.
El elfo ya no se detuvo a ver por donde se iban o a escuchar qué más se decían. Se volteó y vio ante él a un ser grandioso, imponente. Su rostro mostraba sabiduría, sabiduría que no sólo hablaba de las cosas que son y de cómo es que son. Algo en su mirada decía que el también sabía de cosas que aún no eran, algunas que entendía y algunas que no sabía porque serían, pero sabía que serían. Y sus ojos tenían luz… luz que era desde el principio, y que seguía y seguiría siendo.
– ¡Námo! – exclamó el elfo – Ahora que te veo creo que sé porque caminaba hacia acá, creo que te buscaba.
– Yo también te buscaba, me alegra encontrarte. Ven, debo hablar contigo. Acompáñame a mi casa, al sur de este lugar: las estancias de Mandos, pues es ahí donde te encuentras.
– Lo sabía, o… al menos eso percibía. Vamos pues, no se cuanto tiempo ha pasado pero añoro platicar con alguien. Y que mejor que con el más sabio de los valar.
– ¿El más sabio? Excepto uno, lo sabes.
– Bueno, pero Manwë tiene un lugar especial.
– ¿Y qué dirías de Ulmo? ¿No hay sabiduría en su compasión por ustedes que viven allá en Endor, la Tierra Media? ¿O de Aulë que a ti y tu pueblo les enseño tanto de lo que saben? O…
– Vaya… tu humildad es también de admirar…
Mientras platicaban, Námo (o Mandos como algunos le llaman) y el elfo se dirigieron hacia la casa del vala…

continuará

Anuncios